miércoles, 5 de febrero de 2014

Desconcierto

Qué difícil es concentrarse ante el bullicio que trae la ciudad al caer la tarde. 

Se queda la frase incompleta. . . 
El momento se interrumpe una vez más. 
Ésta vez, me distraigo con el último sorbo de café. 

No esperaba tal desconcierto, pero para mi sorpresa muchas veces el resultado de tal divagación suele ser mucho más interesante.
Me hace recordar que la sutileza de la belleza y la magia de la cotidianidad aún se mantienen vivas cuando dos personas se reúnen para intercambiar miradas y coincidir en palabras.
 
Su estrés disminuye poderosamente al poner todo en evidencia sobre la singular mesa. 
Las diversas preocupaciones desvanecen instantáneamente ante la sonrisa de quien escucha. 
Aligeran sus pesadas cargas al entrar al juego de la conversación donde quién ría más de las locuras confesadas e incluso de las finas desgracias se nombra campeón del supuesto desafío.

Después del evidente y necesario caos, se levantan con tranquilidad. Aparentemente todo vuelve a la normalidad acostumbrada. Sólo que con mejores sonrisas dibujadas. Algo sencillo de ver pero poderoso de sentir.

¡Qué ironías nos trae la vida para hacernos un poquito más seguros de nosotros mismos! 
La terapia hacia el descanso de un día pesado de trabajo.

El encanto de una reunión que nos pone a bromear de nuestra finita y frágil humanidad que logre por un momento hacernos olvidar por completo que los problemas son inventados por la simple y excesiva preocupación de existir. 

Para que al final recordemos que solamente una carga nos es permitida y necesaria: La carga diaria de café en nuestra taza.

Esa carga que después de pesarla . . . simplemente nos aligera.  



Fotografía por: Alex Espinosa